El cofla de Catriel

Una bitácora de sueños, sentires y otras yerbas desde Catriel, "Puerta norte de la PATAGONIA ARGENTINA".

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07 febrero 2009

La crezca grande de 1914 (5ta parte)





"Por el medio del río los gallos cantaban arriba de los álamos arrancados por el agua"


A 94 años de la rotura del dique que contenía la laguna Cari Lauquen. Provocó la muerte de 186 personas desde Barrancas hasta Río Colorado.


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COCHICO

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A la hora en que los niños juegan, Cochico se mece entre nubes que parecen enredarse en los techos bajos de sus pocas casas, también bajas.
A 3.200 metros sobre el nivel del mar, el forastero se apuna y asombra. Cochico es breve, profundo, y está muy cerca del cielo.
En este pueblo en plano inclinado, a media tarde, no hay más movimiento que el de sus arroyuelos que, muy rápido, descargan en la laguna Cari Lauquen, objeto y blanco de todos los tributos.
Casi es verano y las aguas transparentes engordan los cauces con una velocidad que asusta.
Hay cosas que se aprenden rápido aquí arriba: si hace calor el deshielo puede provocar estragos, modificando los escenarios en un abrir y cerrar de ojos. Es en este principio básico que se explica el estallido de la laguna Cari Lauquen, uno de los desastres más grandes que vivió la región en toda su historia. Gentes y casas barridas por la furia del agua liberada tras la ruptura de una presa natural, hacen ya 90 años.
"Era de noche, se escuchó un zumbido fuerte y ¡pum! se salió el tapón...un mundo de agua era, un mundo de agua que tapó todo", relata, como si lo hubiera visto, Pedro Mora, parado en la puerta de su casa de barro. El hombre no había nacido cuando se derrumbó el dique telúrico.
Pedro, de 76 años, es nativo de Cochico, un pueblo donde viven apenas una veintena de familias, acostumbradas a permanecer aisladas durante buena parte del año. Así como el verano es una fiesta de encantos y verdes, el invierno es pura prepotencia andina: hielo, nieve, y soledad.
"Acá nunca pasa nada", contradice la historia Marcelo González, uno de los dos hombres fuertes de la comisión de este viejo asentamiento, ubicado muy cerca del volcán Domuyo.
Cochico está a pocos metros de una de las lenguas de la laguna Cari Lauquen, un enorme ojo de agua que descarga en un endemoniado río Barrancas.
Aquí arriba, a falta de libros, la gente ha conservado la historia de la tragedia de boca en boca y Pedro, aún con sus dramas a cuesta, es una suerte de biblioteca andante.
Hasta el 29 de diciembre de 1914, Cari Lauquen era mucho más grande y profunda que en la actualidad ¿Cuánto más honda?: 92 metros, precisan los estudios hidrológicos.
La laguna se formó en el período Terciario, a partir de un particular encajonamiento de un valle que se hizo embalse.
En vísperas de 1915, a causa de fabulosos deshielos y lluvias, Cari Lauquen se transformó en un gigante color esmeralda que desbordó y rompió el cerro que hacía las veces de tapón.
La ruptura abrió una garganta de 250 metros de largo por 100 de alto, que se llevó por delante todo lo que encontró a su paso, como si fuera un 'tsunami', palabra de moda en este fin de año.
Tal como se lo repitió su mamá, que se llamaba Guadalupe, Pedro Mora cuenta que al zumbido intenso se sumó la bulla de aves de corral, el relincho de los caballos y el mugido en pánico de los vacunos.
"Unas abuelitas de apellido Demetrio escucharon a los bueyes y se despertaron, siguieron a los animales para arriba de los cerros y se salvaron", relata Pedro mientras juega con la mirada y rastrea en su memoria.
¿Hasta dónde llegaba la laguna? -le preguntamos. Pedro asiente, abre los ojos y afirma: "Estamos dentro de la laguna, ahí estamos nosotros", lanza como revelando un secreto. Y ríe. Es el que pueblo en pendiente se erige dentro de la antigua cuenca.
A 90 años de la tragedia que provocó 186 muertes, las marcas de la vieja cota de la laguna permanecen impresas sobre la roca, en una suerte de cicatriz que los lugareños denominan "vereda".
La laguna tiene en la actualidad 21,5 kilómetros de largo por 10 de ancho. En esa suerte de olla, junto a las aguas, hay pequeños deltas donde pastan y se protegen tropillas de caballos salvajes, además de una nutrida variedad de aves. A ellos se suman, claro, los chivos que trepan obligados en arreos multitudinarios, en busca de las pasturas blandas.
"Por el medio del río, los gallos cantaban arriba de los álamos que el agua había arrancado", describe María Romero, de 91 años, guardiana de la memoria del pueblo de Barrancas. La anciana tenía un año cuando todo pasó.
"Quien nos contaba de la inundación era Avelina Canale, una abuelita que murió hace dos años, ella nos dijo de un hombre que se salvó agarrándose de un árbol" recuerda Marcelo González, una de las pocas personas capaz de llegar a Cochico y Coyuco durante los 365 días del año. Avelina se fue a los 104 años de edad, hace dos años.
Pedro Mora destaca que más que de las víctimas, en la zona se habló del hombre cuya misión era contralar la altura de la laguna.
"Se llamaba Becaría, se había ido de tragos a Mendoza, me parece que a Malargüe, volvió unos días después, vio lo que había pasado y de ahí se escapó para Chile. Nunca se volvió a saber de ese hombre que era el que tenía que medir con una vara", explica Pedro cambiando el gesto.
El periodista e historiador Francisco Juárez afirma que "sólo la primera Gran Guerra, que desangraría a Europa, iba a alcanzar una resonancia mayor que los sucesos del año 1915 en la cordillera patagónica".
Fueron más de 2.800 millones de metros cúbicos de agua los que siguieron el cauce del Barrancas y luego del Colorado borrando casas, huertas al incipiente pueblo de Barrancas, que fue relocalizado.
A cientos de kilómetros de Cochico, la gran avenida de agua, sedimentos, árboles y roca, se llevó por delante vías y trenes, y muchas otras vidas.
Hace unos años, aparecieron ollas y cacharros enterrados durante el aluvión. Entre las leyendas hay una que está probada. El padre Pedro Martinengo se salvó de ahogarse arrastrado por el Colorado, amarrado a un álamo providencial, algo así como un milagro de año nuevo. María Romero dice que toda su infancia escuchó las historias que se llevó el río. Se las contaba su mamá, que falleció en 1956.
"Mi padre había muerto un mes antes y ella no pudo llorarlo; se murió por eso, como lo quería mucho y no pudo llorarlo se le pudrió el corazón", explica María. Es que aquí en la cordillera, vida, memoria y muerte cabalgan sobre una misma nave, inocente y mágica.


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Publicado en Rio Negro el 2 de enero de 2005 por Rodolfo Chavez

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