El cofla de Catriel

Una bitácora de sueños, sentires y otras yerbas desde Catriel, "Puerta norte de la PATAGONIA ARGENTINA".

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20 noviembre 2009

Aniversario del descubrimiento del petroleo en Catriel (Rio Negro)

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Petróleo.
Sangre negra
acunada en siglos,
dormida en el lecho de la piedra.
Petróleo.
promesa de luces,
calor, energía.
Petróleo.
Promesa inconclusa
de futuro.
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El ojo del hombre te busca;
La ambición lame
la entraña virgen
de la roca oscura.
Allí baja el trepano;
Allí se abre la veta de los siglos;
tu historia de orígenes
se vuelve presente,
y caminas manso
al río del futuro.

.




.

Petrolero y petróleo
lucha que hermana.
Petrolero y petróleo
desandando mañanas,
caminando noches,
desovillando sueños.

.



.
Petrolero y petróleo
anudados por siempre.
Manos gastadas,
ojos con sueño;
el cuerpo que duele
cuando llega el invierno,
y suda tu sangre
en verano intenso.








Petróleo cargado
de mitos de tiempo
y hombre despertando
dormidos silencios.
Te haces grito en luces;
Te haces luz de sueños;
Sueños que salpican
familias y pueblos.













Es desde la estepa
que canta mi verso;
Es desde la estepa
que grito en silencio,
hundiendo mis manos
en tu oscura sangre
como rogativa
por el petrolero.





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19 agosto 2006

Algunas cosas de mi pueblo (Encuentro con un angel)

Era una mañana de invierno.
Apenas el sol comenzaba a dar un poco de calor que levantaba espirales fantasmales de la escarcha.
En las afueras, en las chacras, el frío pega mucho mas duro y mucho mas aun cuando se es pobre.
Al fondo del camino, que bordeaba la gris alameda, se veía una casita pequeña mitad “cantonera” mitad chapa de tambores, con techo de chapas de cartón. De su “chimenea” brotaba un humo espeso, entre gris y negro, que denotaba la dura lucha que se estaba desarrollando contra el implacable frío patagónico.
Yo andaba ese día recorriendo pozos en la zona y de pronto la sorpresa; junto a la cabecera de la acequia, estaba ella.
Me quede mirándola largo rato; ella me miraba, pero hacia “como que no”.
Recostada sobre los viejos y gastados ladrillos, parecía beber el sol de la mañana. Era como si toda la luz, como si todos los pájaros fuesen absorbidos hacia ella.

Sus ropas, pobres por demás, lucían insignificantes ante la majestuosidad de su mirada. Su piecito mentirosamente calzado de donde escapaban unos dedos pequeños y alucinados de sol y tierra, se movían como si fuese una modelo, tratando de dar su mejor perfil.
Intente cruzar algunas palabras con ella, pero fue imposible; se empeñaba en ignorarme.
Su cabello era una maraña dorada que mostraba aun los sueños de la noche y los olvidos del peine.
Tome mi cámara y saque un par de imágenes apresuradas, temiendo que la magia se escapara ante el primer clic.
Ella permaneció inmutable, bebiendo soles y cantos de pájaros matinales.
Intente nuevamente un par de palabras pero pronto me di cuenta que era inútil…si, allí me di cuenta que los Ángeles se nos acercan y nos protegen, pero no nos hablan.


Me pregunte en que oscuro rincón de aquella casita cercana habría escondido las alas para que no se le llenasen de humo y hollín.
Hubiese querido detener ese instante para hacerlo eterno; la hubiese abrazado y la hubiese tenido en brazos por toda la eternidad.
No se por que, sin hablar, intuyo que nos entendimos y que ambos sabíamos lo que el otro estaba sintiendo.
Al tiempo regrese, con el afán de encontrarla. La casita, seguía estando allí, pero abandonada. Di mil vueltas por la zona intentando verla, pero fue en vano.
Maldije allí mi cobardía de no haberla abrazado en aquel instante.
Esto fue hace ya bastantes años.
Hoy, mi ángel sorpresivo, ha de ser una mujer, cargada de Ángeles pobres como ella que van encendiendo lámparas por la estepa patagónica.
No se si sus ojos seguirán teniendo esa enorme belleza que ese día descubrí, o se habrán empañado en malos días y peores noches.


Se deambular muchas veces por aquel lugar aguardando el milagro, y algunas veces me parece distinguirla en las volutas de vapor que el sol levanta de la escarcha, pero son solo espejismos, burdas mentiras de la imaginación.
Los Ángeles, según creo, nos visitan solo una vez en la vida.
Solo me quedo de aquel encuentro, estas imágenes que comparto con ustedes y la certeza absoluta de no poder olvidarla.

Imagenes: El Cofla

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04 agosto 2006

Algunas cosas de mi pueblo (Los Changarines)

La foto es vieja; tan vieja como esos recuerdos que se asoman cuando uno se sienta a escribir.

Nunca supe sus nombres, pero éramos “conocidos”. Los cruzaba casi todas las tardes cuando yo salía a esperar el “turno” que me llevaba al campo y ellos regresaban de su jornada.

Se notaba que no tenían ocupación fija. Las “alpargatas” de él, muchas veces estaban sucias con resto de cemento y cal, por lo que era fácil inferir que había trabajado de peón de albañil. Otras veces, venían tapadas de tierra y con algunos manchones medio verdosos, que delataban el trabajo en la chacra. En algunas oportunidades su calzado y su pantalón estaban manchados de gotas blancas o multicolores, como si el día se hubiese derretido sobre el como un helado al sol, por lo que seguramente había oficiado de pintor.

Siempre andaban juntos; parecía que habían nacido así.

Su rumbo era casi siempre el mismo: el viejo bar que estaba junto a mi casa.
Algunas veces entraba uno solo, y otras los dos. Casi siempre con el mismo paso, la misma decisión, la misma naturalidad y firmeza. En otras ocasiones ingresaba uno solo, mientras el otro aguardaba pacientemente junto a la puerta, viendo los escasos transeúntes.

El retorno en cualquiera de los casos era siempre igual; uno regresaba con paso incierto y tambaleante, mientras el otro marchaba detrás, a paso firme y atento a todo.

En verano solían quedarse un rato afuera, recostados sobre la pared, mientras el sol caía. Parecía que mantenían una intensa conversación sobre quien sabe que tramas secretas del universo. Uno hablaba en voz baja el otro miraba atentamente, y por momentos parecía asentir.

Una tarde de invierno, cuando la noche se devora las luces, paso uno solo de ellos. Me sorprendió. Creí que era solo algo circunstancial, pero no. Tarde tras tarde uno solo de ellos cumplía con la vieja rutina.

Paso el invierno y la intensa primavera aligero las ropas y los espíritus.
Tarde tras tarde los mismos pasos seguían desandando el mismo camino.
Cuando el sol comenzaba a esconderse, solía recostarse en la pared y hablaba; hablaba sobre quien sabe que tramas secretas del universo; el sabia que allí había una sombra que le escuchaba con atención y que por momentos asentía.

Luego de un rato, salía andando con su paso tembloroso e inseguro, mientras seguía hablando en voz baja y si uno ponía atención en observar, podía casi notar la pequeña sombra que lo acompañaba.

La última vez que nos cruzamos, no me saludo, y sus ojos se veían nublados, como si fuese llorando.
Nunca nadie mas, charlo contra la vieja pared a la caída del sol…quien sabe que rumbos celestiales habrán tomado y sobre que tramas secretas del universo estarán charlando.
Foto: El Cofla

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20 julio 2006

Algunas cosas de mi pueblo 2 (El Placero)


Al principio lo miraba de lejos…
Era extraña su figura grande, dibujándose al contraluz de la tarde con su manguera y su fresco chorro de agua, luchando contra la sequedad de la región.
De una punta a otra de la vieja plaza, llegaba el con su frescura, a calmar la sed de los rosales, de los pinos y del muerdago.
Aquí y allá una estaca para afirmar las débiles plantas que se debatían contra el viento patagónico.
Cuando no estaba regando vigilaba los juegos; gastados toboganes y chirriantes hamacas que de vez en cuando eran usurpados por algunos muchachotes ya crecidos o por alguna pareja que, helado en mano, jugaba a besarse entre el balanceo desigual del viejo columpio.
Una tarde comenzamos a conversar. Recuerdo su voz pausada que concordaba armoniosamente con su gesto bonachón.
En una oportunidad le pedí autorización para fotografiarlo. Se noto su gesto de asombro.
Hice un par de tomas y corrí a revelarlas en mi cuarto oscuro. Recuerdo que al obtener las primeras impresiones me quede largo rato observándolas; observando el rostro de aquel hombre que se me ocurría debía tener pies de hierba fresca.
Algunas tardes, cuando la plaza estaba desierta de voces, risas y vientos, era factible verlo de pie, entre los árboles, como intentando extender sus propias raíces es esa tierra que cuidaba con tanto denuedo.
Al verlo así, imaginaba que por las noches, al quitarse el viejo mameluco antes de irse a dormir, brotaban de su pecho bandadas de cantos de pájaros y luminosas risas infantiles, que alzaban vuelo y luego de revolotear por toda la habitación se posaban en su almohada para acompañar sus sueños. Al día siguiente retornarían a su pecho mientras bebía el humeante café de la mañana, para obtener de nuevo su libertad al llegar a la plaza. Una vez allí los cantos y las risas se distribuían estratégicamente dirigidas por el para hacer compañía al paseante solitario.
Si, en verdad lo veía casi como un mago. Su nombre: “Don Expósito” y era el placero de la vieja plaza.
Un día, creo que nadie sabe cuando, dejo de estar…imagino que ha de haber sido de noche, antes de recoger las voces y las risas, y que, con una breve lágrima habrá regado la última rosa...
Foto: El Cofla

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05 julio 2006

Algunas cosas de mi pueblo (La Plaza)

Recreacion Digital de una vista de la plaza vieja
Recuerdo, hace tiempo, a mi llegada a Catriel, que me llamo poderosamente la atención su plaza. No por que fuera algo muy particular, sino por su ubicación. Acostumbrado a mi ciudad (La Plata) donde se encontraban estratégicamente localizadas o a los antiguos pueblos de la provincia de Buenos Aires, que se desarrollaban desde la plaza hacia fuera, esta me resultaba ilógicamente de lado.
En principio, me dio la sensación de soledad, de marginación; luego, como en todo, la plaza se transformo en parte del paisaje cotidiano.
Con el tiempo comencé a acudir allí para hacer retratos de niños jugando. Me encantaba y me encanta, fotografiar sus primeros planos desde lejos con un teleobjetivo, y poder capturar así toda la inocencia y espontaneidad de sus gestos.
Por esa época los vientos parecían correr mucho más fuerte entre las calles sin asfalto y mal enripiadas. La tierra formaba nubes colosales que azotaban la cara y los “cardos rusos” rodaban fantasmales por las casi inexistentes veredas.
Los años fueron pasando, tan rápido como los vientos, y así fue como un día me descubrí jugando en la plaza con mis hijos, inventando castillos en las duras piedras, e intentando colgar de los sufridos árboles algunas frescas sonrisas de niño, disfrazando soles de otoño y burlando siestas de verano.
El tiempo, como siempre, siguió su curso…año tras año, los árboles se pintaron de blanco de cal, al igual que los gastados ladrillos de los canteros.
Muchos decían que esa plaza era una vergüenza, pero creo que era por que no sabían oír. Si uno se sentaba en silencio entre su vieja arboleda, era posible descubrir entre el canto de los pájaros alguna vieja risa que se camuflaba entre las hojas como la cigarra, y nuestra mente y nuestro corazón corrían a descubrirla para atraparla y retenerla un instante entre las manos; pero era imposible…siempre se escabullían. De cualquier modo siempre quedaba la esperanza de retornar subrepticiamente al día siguiente, a la hora de la siesta para intentar sorprenderlas desprevenidas…
Una mañana, pase por allí, y con estupor vi que estaban quitando los viejos árboles. Caían casi sin estruendo, como quien comprende que ha llegado su hora y que debe partir.
Aun tengo presente la forma en que se me estrujo el corazón.
Al poco tiempo se inició la renovación total de la vieja plaza…. Hoy es bella y moderna, con pérgolas, una fuente, muy iluminada…por las tardes se llena de jóvenes que ya no reconozco…algunos charlan, otros toman mate, otros tocan la guitarra…Los niños corren como antes y los novios siguen besándose entre las sombras.
Por no gustarme hacer fotos urbanas, no me ha quedado ninguna imagen de aquella plaza que conocí al llegar…que extraño…solo me quedan los recuerdos de las risas de los niños y de alguna promesa de amor eterno. Solo el recuerdo de esas caritas sucias plenas de sol que seguramente han de haber escapado ante el estruendo de las maquinas a ocultarse en otros árboles lejanos y penumbrosos. Sonrisas y recuerdos de una época, de un lugar, que se van desdibujando lentamente, como una vieja fotografía, como esa vieja Polaroid, desde la que continuamos sonriendo mis hijos y yo.

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Vistas de la plaza San Martin renovada




Fotos: Gentileza de: Néstor Tkaczek (fotografo urbano)

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