El cofla de Catriel

Una bitácora de sueños, sentires y otras yerbas desde Catriel, "Puerta norte de la PATAGONIA ARGENTINA".

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19 julio 2007

DIA DEL AMIGO

Mi amigo: DON SANDOVAL
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Tiempo atrás, salir de vacaciones en el verano, era una cita irrenunciable. Salir a vagar por los caminos, conocer gente, paisajes, lugares, era tan imprescindible como dormir bien cada noche.
Andando el tiempo, algunos problemas de indole economica a los que posteriormente se sumaron problemas de enfermedades cronicas dentro del grupo familiar, impidieron continuar con tan saludable ocupación.
En esa epoca, uno de mis lugares preferidos lo constituia Villa Pahuenia. Esta, se encuentra en plena cordillera, en el limite con Chile, junto al lago Alumine y a pocos kilómetros de las nacientes del río homónimo. Casi siempre íbamos con carpa para hacer campamento en cualquier lugar que nos gustase. Así, algunas veces acampábamos junto al lago, otras en algún recodo del río o en algunos pequeños parajes como Litran o Lonco Luan.
Las montañas son altas y están cubiertas por antiguos bosques de Pehuen, de donde los nativos (antiguos y actuales) cosechan el “piñón” en otoño y con el se alimentan. Es el pan de la cordillera.
Mi placer era levantarme temprano, tomar mate mientras salía el sol, y luego cargar mi equipo fotográfico y salir a caminar remontando los chorrillos que bajan de la montaña recorriendo el bosque y que van formando pequeñas cascadas aquí y allá. Luego, al mediodía, retornar al campamento,
hacer un buen asado y dormir una siesta bajo la oscura arboleda.
Finalizada la siesta, preparábamos el mate e íbamos a bañarnos en el lago. Las aguas heladas (son de deshielo), al principio te dejan sin aliento, pero luego no quieres salir de ellas. Solíamos quedarnos hasta que el sol bajaba y así retornábamos casi exhaustos a la carpa para cenar, bañarnos en algún lado y descansar hasta el día siguiente.
Además de fotografiar y filmar el paisaje, siempre me gusto hablar con los lugareños, recoger sus historias, aprender sus modos de vida, sus técnicas artesanales y su lengua.
Fue así que una mañana conocí a mi amigo a Don Sandoval
En una de mis habituales recorridas matinales por la montaña, una mañana me adentre en una zona bastante intransitada. Mi intención era poder fotografiar el lago desde lo alto, en la zona donde se forma un breve archipiélago de islas basálticas que saben cubrirse en verano por el amarillo de las flores silvestres.
Iba entretenido y en silencio, cuando de pronto salen tres enormes perros ladrando y mostrando sus dientes. Siempre tuve buena relación con los perros, es casi como que me comunico con ellos, pero a pesar de ello me sobresalte y de pronto me di cuenta que estaba demasiado solo si es que alguno me atacaba.
Mis pensamientos se movían a altas velocidades, cuando alcanzo a oír una voz áspera, aunque no muy alta que los llamaba por su nombre. Si bien no era visible, los perros retornaron de inmediato hacia el monte. Me dirigí tras sus pasos y en un breve claro, descubrí un pequeño rancho que parecía a punto de desmoronarse. Junto al ranchito, un caballo oscuro que de lejos mostraba sus años. Hacia la derecha un hombre bajito y medio encorvado se encontraba, cuchillo en mano, sobando unas lonjas de cuero de las que se utilizan para hacer lazos.
Al verme asomar, me hizo señas con su mano y me acerque. En verdad me costaba entenderle, pues hablaba en castellano pero con muchas palabras de mapuche y con el ritmo y la tonada de los nativos, por lo que tuve que agudizar mi ingenio para lograr intercambiar las primeras palabras.
Luego de los saludos de rigor le explique que andaba de paseo y sacando fotografías. El se mostró bastante asombrado y me informo que los perros no eran bravos. Acto seguido, dejo el cuchillo clavado en un tronco y me invito a entrar a su rancho a tomar unos mates..
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Su rancho era una sola habitación. En un rincón había una suerte de catre cubierto con matras, que con seguridad oficiaba de dormitorio. Sobre una pared, colgaban arreos de caballos y algunas pocas herramientas. Sobre la otra, algunos utensilios de cocina ennegrecidos de hollín y deformados de los abollones que los cubrían. En el centro un gran pozo con abundantes cenizas y mucha leña dispuesta para el fuego, de donde salía un intenso olor a humo y un aire tibio que invadía todo el recinto. Me acercó un tronco cortado y cubierto con un cuero para que tomase asiento. El se puso de rodillas junto al primitivo fogón y luego de soplar con fuerza tres veces, para mi asombro brotaron llamas que pronto encendieron la leña superior. A un costado coloco la pava para calentar el agua y mientras limpiaba el mate, tomo asiento junto al fuego, justo enfrente de mí. Todo esto se desarrollo en el más absoluto silencio. Los perros fueron ingresando uno tras otro y se hicieron un ovillo junto al fuego. Saque un cigarrillo y lo invite; se mostró gratamente sorprendido y me dijo que eso era un verdadero lujo para él, era comparable a un día de fiesta. Lo encendió y lo fumó muy lentamente. A cada bocanada de humo, se echaba hacia atrás y cerraba los ojos. Luego me miraba y reía estruendosamente.
Llegó el primer mate y comenzamos a charlar. Me contó que estaba allí desde siempre. Allí habían estado sus padres y sus abuelos y sus tatarabuelos. Le pregunte su edad, y me dijo que en verdad, no la recordaba…pero creía que debía andar por los 70 años. Después de cada respuesta se quedaba en silencio, mirando hacia lo lejos, o bajaba la cabeza y murmuraba cosas inteligibles, mientras balanceaba suavemente su cabeza.
Ese primer encuentro estuvo cargado de silencios, pero daba la sensación que eran silencios que acercaban nuestro espíritu. Durante todo ese verano lo seguí visitando; compartimos muchos mates y cigarrillos y de apoco se comenzó a desovillar su historia hecha de abandonos, olvidos y marginaciones. Me contó sobre las tareas que realizaba cuidando piños de chivas y majadas de ovejas; La cantidad de leguas que solía caminar con sus gastados zapatos que dejaban ver sus dedos que eran como raíces, con el fin de no cansar mucho a su amigo (el caballo) que ya estaba muy viejo.
Me contó de nevadas y tormentas; de noches interminables pasadas en la alta montaña con el solo abrigo de sus perros.
Le pedí permiso para fotografiarlo y accedió gustoso, aunque algo avergonzado. Su piel, se parecía mas a un cuero curtido por la intemperie. Sus manos gruesas, ajadas y enormes contrastaban con su cuerpo pequeño. Le tome unas cuantas fotos que prometí llevarle al año siguiente. La mañana en que partí de regreso a Catriel, le deje abundantes provisiones y muchos paquetes de cigarrillos. Nos costo separarnos. Recuerdo que le tendí la mano y el la apretó fuerte, cuando nos separábamos me llamo “peñi” que significa hermano en lengua mapuche. No se por que, nos reímos en ese momento. Cuando iba saliendo de Aluminé de pronto lo veo parado sobre un costado de la ruta, con sus tres perros y alzando una mano en alto para saludar.
Seguí viaje con un nudo en la garganta, creo que de emoción y de agradecimiento.
Al año siguiente retorne. Luego de armar mi carpa me dirigí a ver a mi amigo. El rancho estaba vacío, no estaban ni los perros ni el caballo. Corrí la cortina que oficiaba de puerta y entre con la intención de esperarlo. En el fogón había cenizas y también ramas secas, por lo que intente infructuosamente durante un buen rato avivar el fuego con soplidos como lo hacia él, pero fue en vano. Lo aguarde hasta el mediodía y no llego, por lo que le deje un atado de cigarrillos sobre el tronco donde se sentaba y me fui.
A la mañana siguiente regrese y allí si, salio a recibirme. Le brillaba la cara de alegría.
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--Yo sabía que había venido… por los cigarrillos,… yo sabia que era el peñi.
--Yo sabía que el peñi iba a volver. —y una sonrisa grande le iluminaba la cara.
Entramos al rancho y nos tomamos unos mates. Luego yo saque de mi bolso las fotos prometidas y se las di.
No salía de su asombro. No podía creer que ese que estaba allí, con el rostro marcado por los años fuese el. Prácticamente no hablamos, solo se limitaba a mirar las fotos y cebar mate.
Al otro día fui nuevamente a visitarlo y se me ocurrió llevarle un espejo de regalo. Un espejo pequeño, de esos que se usan en el camping para que no ocupe lugar. Fue una verdadera fiesta. Se miraba en el espejo y hacia morisquetas y reía como un niño. Tanta fue su alegría que ese día me invito a compartir con el su almuerzo. Este fue una sopa hecha con un trozo de carne y algunas verduras, que bebimos a sorbos desde la misma olla. Creo que yo la sentí como una suerte de…comunión.
En mis siguientes visitas, charlamos de cosas de la vida. Yo le conté que trabajaba sacando petróleo y el se sorprendió mucho por que creía que el petróleo lo sacaban en las estaciones de servicio.
Regrese al año siguiente, pero al otro año, tome otro rumbo.
Recién lo volví a ver dos años después.
Como siempre, no hice más que instalarme y me fui a saludarlo.
Estaba muy viejo…casi demasiado viejo…había tenido algunas enfermedades y estaba tan doblado que parecía un ángulo recto.
Cuando llegue a la casa estaba con un hacha intentando infructuosamente cortar leña para el fogón. Me acerque y lo salude:
Mari Mari, peñi ¡!!!...(buenos días hermano)
Me miro entrecerrando los ojos y me respondió como de lejos. Luego sin muchas vueltas me pido que le cortara leña mientras el preparaba el mate. Cuando fue a volcar la yerba trastabilló y se cayó. Acudí presuroso a levantarlo, pero con orgullo me aparto con su mano. Le corte bastante leña y le junte algunos palos pequeños para mantener el fuego vivo. Luego entramos y tomamos mate en silencio. Recién al día siguiente me contó que el invierno había sido muy duro, que la nieve había llegado hasta la cumbrera del rancho y que el había enfermado por el frío.
En los ultimo encuentros andaba medio tristón y me confesó que se sentía solo, por lo que tenia pensado bajar al pueblo para conseguirse una novia, una compañera, una “malen”.
El ultimo día le lleve provisiones y cigarrillos y le explique que en la proveeduría del pueblo había dejado pagadas mas mercancías para el, y que podía ir a buscarlas cuando las necesitase. Me agradeció moviendo la cabeza. Nos despedimos y yo no prometí regresar. El se quedo sentado y solo dijo: “Vaya nomás peñi…vaya”.
Fue la última vez que lo vi. Luego hice dos vacaciones mas pero sin ir a la cordillera y ya no he vuelto a salir.
Siempre me anda rondando la sombra de Don Sandoval…quien sabe si aun esta vivo…quien sabe si ha muerto en algún invierno…quien sabe si se acordó de su peñi.
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Gracias "Pegatina".
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Imagenes: El Cofla

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5 Comments:

At 19 julio, 2007 19:01, Anonymous pegatina said...

Gracias a tí por compartir esos silencios que nacieron con la tierra misma, por hacer Historia de unos olvidos confundidos con la propia naturaleza, por mostrarnos la otra cara de la vida...de la soledad...del amor.
Un abrazo

 
At 20 julio, 2007 16:42, Blogger DudaDesnuda said...

Hermosa y triste historia, peñi.
Gracias por compartirla.

Te dejo un beso en la frente y espero pases un buen día del amigo.

Besos y nostalgias.

 
At 26 julio, 2007 13:23, Blogger el flaquito said...

Pegatina; Duda:

En este medio no tenemos otra forma de homenajear a nuestros amigos que poniendo nuestra alma y nuestro corazon en sus manos.

Besos desde el alma

 
At 28 julio, 2007 16:53, Blogger Turca said...

Mierda... me hiciste llorar de lo lindo...
Espero que estés muy bien.
(Volví! Te había perdido... sorry.)

Besosssssssssssssssssssssss.

 
At 28 julio, 2007 17:06, Blogger el flaquito said...

Turquita!!!!...que alegria me da reencontrarme contigo. Disculpame si no dejo comentarios en tu pagina...la pispeo de tanto en tanto, pero es un tema muy especifico y mis aportes en ese sentido serian nulos; por supuesto eso no significa que te haya olvidado, siempre estas en mi corazon.

Un beso catrielino

 

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